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31/12/08
Epílogo
Ha dejado la maleta en medio del salón. Se queda parada y se acerca hacia el espejo muy despacio. Sabe que estaré ahí esperando. Nos hemos mirado unos instantes y mientras se sienta en el sofá me dice, no pongas esa cara, ya sabías que a menudo vuelvo a la casa de mi infancia en la que tú estuviste sin saberlo. Ahora volvemos a estar juntas como debe ser. ¿Sabes?, me dice, a veces siento que no he salido nunca de la guarida.
Sé que no puede olvidar que los topos están allí abajo, a oscuras, haciendo una vida que no vemos y que les obliga a salir y a respirar para volver a enterrarse, de la misma forma que a los viajes les siguen los regresos.
Le digo que eso nos ocurre a muchos humanos, que permanecemos escondidos y alguna vez salimos para poder volver a meternos en la madriguera. A ti te ocurre lo mismo, ya lo has hecho otras veces pero regresas en invierno porque eres incapaz de aguantar allí sola con nuestros fantasmas. ¿Por qué casi nunca me has buscado en la otra casa?. Tenía que recordar yo sola, responde, debía enfrentarme de una vez a todos los miedos, a las carencias de lo que nunca fue. No debía, dice con ternura, emboscarme en ti. Miramos a la chimenea, apagada todavía, continuamos calladas y ella reconoce ver espejismos. Acaso vivimos un espejismo continuo, pregunta con una voz suave y algo quebrada.
Quizá lo que vemos es lo que deseamos ver, le digo con una tranquilidad de psicólogo aburrido. También, a veces, nuestra realidad es pura ficción para la supervivencia, y continuo diciéndole frases de este tipo que sé que ella necesita escuchar, aunque a mí me suenan a filosofía barata. El regreso debería ser confortable y a todos nos cuesta regresar a la vida.
Mientras se levanta y se aleja dándome la espalda para poner un disco, observo sus pasos cadenciosos, tanto como los míos. Le pregunto cómo ha ido todo y por toda respuesta escucho su aburrida y manida letanía de su casa, las ballenas, sus libros, el cuarto de cristal, el acantilado, el vacío y me cansa la circular queja, me entristece ver que ha vuelto con la pena que no se va de su lado, una pena que aquí enmudece pero que no la abandona. No la deja ser. Ese temeroso olvido. La mentira de los recuerdos. Si pudiera liberarla.
Pasea por el salón mirando los detalles que sus manos han distribuido por esta casa que, aunque ella no lo sepa, cada vez es más suya. Me gusta que me acompañes, dice deteniéndose en el respaldo del sillón, apoyando las manos en él, doblándose como si rozara mi oído, y afirma con una cordura de la que nunca ha dejado de ser consciente, aún te necesito. No la respondo. No hay respuesta posible.
Vuelve, se acerca de nuevo al espejo y se reafirma, sabiendo que yo sigo esperando ahí, estoy bien, de verdad. Ahora estoy bien, insiste. Lo del hospital solo fue un pequeño trastorno que a veces me hace alterar las percepciones dejándome un poco aislada, pero ahora estoy bien, repite moviendo la cabeza hacia adelante varias veces. No quería vivir, no tenía con quien ni contra quien hacerlo. Allí me he dado cuenta que estuve sola desde que nací y encima tú moriste. Sí, lo sé. No pongas esa cara. Sé que no estás, me dice de pronto por primera vez. Me enteré en el pueblo, hace ya demasiado. No tengas miedo, sé que yo soy las dos. Estamos solas. Yo también necesito una mano que me acaricie. Mi voz irónica repite, y yo y ese y aquel, mientras el brazo señala a unas coordenadas inexistentes. Estoy sola, vuelve a decir, pero no quiero estar de otra forma, y a continuación se enternece, aunque a veces necesito un hombre contra mi cuerpo, dice mientras ladea la cabeza y sube el hombro hasta acariciarse el oído. ¿Por qué no? me pregunta.
Por qué no volver a sentirme pequeña, indefensa y protegida por unas manos ajenas, ahora definitivamente nuevas. ¿Ismael?
Te estas mintiendo de nuevo, no lo hagas, le digo.
¿No nos ocurre eso a todas las mujeres? Y yo me río tapándome la boca para que no se dé cuenta que lo hago. ¿Qué le ocurre?, me pregunto escondiendo media cara dentro de mi jersey. ¿Qué nos está pasando? Esta necesidad de cariño que demuestra es totalmente nueva para nosotras.
Mientras comienza el largo proceso ceremonial de encender la chimenea va colocando los troncos cruzados como si de una acampada infantil se tratase. Ahora en esta casa todo es nuestro, dice hasta el miedo de no volver a sentir nunca. Luchar contra el pasado. Que no nos dañe más. ¿Verdad que podremos? me pregunta. Necesitamos saber que la palmera se torció porque era su naturaleza. Estoy aquí, le digo, no sé si es tarde pero sigo atenta a tus palabras. Es la primera vez que hablamos de todo esto. Escucho la ceniza que se agita dentro de ella, temo que la abrase si nos roza, espera me digo.
Mueve el cuello despacio al ritmo del jazz que da vueltas, ponía el oído en la tierra y los escuchaba, imaginaba su hocico y sus patas que arañaban una tierra húmeda que no podían ver, cavando su casa de la misma manera que nosotros la tumba, bajo tierra, a oscuras, en un silencio húmedo.
No te lo he contado nunca, a ti no te dio tiempo a sentirlo pero a mí sí. Nuestro padre se tumbaba a mi lado, ‘mi pequeña’ decía, ‘mi pequeño pecado’. Yo le esperaba todas las noches pero él acudía a mi muy pocas. A la mañana siguiente se iba. Nunca lo entendí, pero ahora sospecho que yo era una pesada carga, sin embargo para mí fue liviano. Nunca me arrepentí de nada. Qué culpa pueda haber en quien ama.
Echa el cuello delgado hacia atrás como si le pesara demasiado mientras apoya la nuca en el respaldo del sillón, tras un suspiro largo y con los ojos cerrados dice, no hay arrepentimiento, sabes, no hay arrepentimiento, ni penitencia ni confesión porque no me arrepiento de nada. No hay culpa. No la necesito. Fue así. No hay nada más oscuro que la necesidad de amar.
Mientras ella habla y habla, yo permanezco callada porque por primera vez las palabras son una letanía liberadora, parecen formar un conjuro redentor del que se eleven las cenizas que la abrasan. Espero con inquietud el resultado final, parece que esta vez no hay truco, aunque no la creo del todo, me pregunto si es ella la que no se cree.
Pienso en preguntarle si cree que él la quería pero me da miedo su respuesta.
Cuando sin tiempo a preguntarle pero antes de hacerlo, como si lo hubiera adivinado, exclama en un tono alto. Sí.
Sí, me quería.
Apenas recuerdo ya sus dedos recorriendo el borde de mi boca o el roce de su cara en mi pecho. No quiero que se me olviden. Déjalo ya, le digo por miedo al estallido que acabará llegando. Olvídalo ya, por favor, le ruego.
Yo permanezco muda, quiero que el exorcismo llegue a su fin, aunque lo temo. Sé que ella volverá a entrar en el bucle fatal del que le cuesta tanto salir o se marchará de viaje a buscarle en otros hombres, huirá hacia nuevos faros desde donde se divise algún torbellino en el agua que adivine debajo una enorme sombra que se aleja.
La miro, no digo nada y dejo que siga recordando como quien pretende protegerse del mundo con un simple encantamiento.
Había un dulce vértigo en sus manos que la culpa alimentaba. Competir contra Teresa, me revuelvo y ella me hace una seña para que continúe callada. Competir con tu madre me hacía triunfadora. La mía apenas se atrevía a enfrentarse con el recuerdo. Yo la quería, se acerca y pretende explicármelo con las manos muy abiertas, pero necesitaba que alguien me quisiera a mí. ¿Acaso no es eso lo que todos queremos? Mi madre, ni siquiera sabía si me quería, no estaba con nosotros aunque su cuerpo nos dijera que sí. Me ponía frente a ella y no me veía, sus ojos abiertos miraban otros mundos. ¿Por qué? sigo preguntándome, ¿qué buscaban sus ojos?
Ahora se sujeta la cabeza y apoya la frente sobre las rodillas, debe estar cansada, con ese cansancio que se lleva toda la vida en los ojos y en la boca. Ya no importa, no sé qué debía sentir, pero me gustaban sus caricias. Él se tumbaba, no, no me vuelvas la cara, me dice, y escucha, caía sobre mí su peso y yo callaba secretamente satisfecha. Por unos minutos había vencido a las otras mujeres, ocupaban un lugar inferior al mío.
Pero sabía que al instante quedaría vencido y derrotado, entonces salía de mi cuarto, muy despacio, sin hacer ruido, sin despedirse. Quizá mi cama era muy pequeña.
Sé que no puede olvidar que los topos están allí abajo, a oscuras, haciendo una vida que no vemos y que les obliga a salir y a respirar para volver a enterrarse, de la misma forma que a los viajes les siguen los regresos.
Le digo que eso nos ocurre a muchos humanos, que permanecemos escondidos y alguna vez salimos para poder volver a meternos en la madriguera. A ti te ocurre lo mismo, ya lo has hecho otras veces pero regresas en invierno porque eres incapaz de aguantar allí sola con nuestros fantasmas. ¿Por qué casi nunca me has buscado en la otra casa?. Tenía que recordar yo sola, responde, debía enfrentarme de una vez a todos los miedos, a las carencias de lo que nunca fue. No debía, dice con ternura, emboscarme en ti. Miramos a la chimenea, apagada todavía, continuamos calladas y ella reconoce ver espejismos. Acaso vivimos un espejismo continuo, pregunta con una voz suave y algo quebrada.
Quizá lo que vemos es lo que deseamos ver, le digo con una tranquilidad de psicólogo aburrido. También, a veces, nuestra realidad es pura ficción para la supervivencia, y continuo diciéndole frases de este tipo que sé que ella necesita escuchar, aunque a mí me suenan a filosofía barata. El regreso debería ser confortable y a todos nos cuesta regresar a la vida.
Mientras se levanta y se aleja dándome la espalda para poner un disco, observo sus pasos cadenciosos, tanto como los míos. Le pregunto cómo ha ido todo y por toda respuesta escucho su aburrida y manida letanía de su casa, las ballenas, sus libros, el cuarto de cristal, el acantilado, el vacío y me cansa la circular queja, me entristece ver que ha vuelto con la pena que no se va de su lado, una pena que aquí enmudece pero que no la abandona. No la deja ser. Ese temeroso olvido. La mentira de los recuerdos. Si pudiera liberarla.
Pasea por el salón mirando los detalles que sus manos han distribuido por esta casa que, aunque ella no lo sepa, cada vez es más suya. Me gusta que me acompañes, dice deteniéndose en el respaldo del sillón, apoyando las manos en él, doblándose como si rozara mi oído, y afirma con una cordura de la que nunca ha dejado de ser consciente, aún te necesito. No la respondo. No hay respuesta posible.
Vuelve, se acerca de nuevo al espejo y se reafirma, sabiendo que yo sigo esperando ahí, estoy bien, de verdad. Ahora estoy bien, insiste. Lo del hospital solo fue un pequeño trastorno que a veces me hace alterar las percepciones dejándome un poco aislada, pero ahora estoy bien, repite moviendo la cabeza hacia adelante varias veces. No quería vivir, no tenía con quien ni contra quien hacerlo. Allí me he dado cuenta que estuve sola desde que nací y encima tú moriste. Sí, lo sé. No pongas esa cara. Sé que no estás, me dice de pronto por primera vez. Me enteré en el pueblo, hace ya demasiado. No tengas miedo, sé que yo soy las dos. Estamos solas. Yo también necesito una mano que me acaricie. Mi voz irónica repite, y yo y ese y aquel, mientras el brazo señala a unas coordenadas inexistentes. Estoy sola, vuelve a decir, pero no quiero estar de otra forma, y a continuación se enternece, aunque a veces necesito un hombre contra mi cuerpo, dice mientras ladea la cabeza y sube el hombro hasta acariciarse el oído. ¿Por qué no? me pregunta.
Por qué no volver a sentirme pequeña, indefensa y protegida por unas manos ajenas, ahora definitivamente nuevas. ¿Ismael?
Te estas mintiendo de nuevo, no lo hagas, le digo.
¿No nos ocurre eso a todas las mujeres? Y yo me río tapándome la boca para que no se dé cuenta que lo hago. ¿Qué le ocurre?, me pregunto escondiendo media cara dentro de mi jersey. ¿Qué nos está pasando? Esta necesidad de cariño que demuestra es totalmente nueva para nosotras.
Mientras comienza el largo proceso ceremonial de encender la chimenea va colocando los troncos cruzados como si de una acampada infantil se tratase. Ahora en esta casa todo es nuestro, dice hasta el miedo de no volver a sentir nunca. Luchar contra el pasado. Que no nos dañe más. ¿Verdad que podremos? me pregunta. Necesitamos saber que la palmera se torció porque era su naturaleza. Estoy aquí, le digo, no sé si es tarde pero sigo atenta a tus palabras. Es la primera vez que hablamos de todo esto. Escucho la ceniza que se agita dentro de ella, temo que la abrase si nos roza, espera me digo.
Mueve el cuello despacio al ritmo del jazz que da vueltas, ponía el oído en la tierra y los escuchaba, imaginaba su hocico y sus patas que arañaban una tierra húmeda que no podían ver, cavando su casa de la misma manera que nosotros la tumba, bajo tierra, a oscuras, en un silencio húmedo.
No te lo he contado nunca, a ti no te dio tiempo a sentirlo pero a mí sí. Nuestro padre se tumbaba a mi lado, ‘mi pequeña’ decía, ‘mi pequeño pecado’. Yo le esperaba todas las noches pero él acudía a mi muy pocas. A la mañana siguiente se iba. Nunca lo entendí, pero ahora sospecho que yo era una pesada carga, sin embargo para mí fue liviano. Nunca me arrepentí de nada. Qué culpa pueda haber en quien ama.
Echa el cuello delgado hacia atrás como si le pesara demasiado mientras apoya la nuca en el respaldo del sillón, tras un suspiro largo y con los ojos cerrados dice, no hay arrepentimiento, sabes, no hay arrepentimiento, ni penitencia ni confesión porque no me arrepiento de nada. No hay culpa. No la necesito. Fue así. No hay nada más oscuro que la necesidad de amar.
Mientras ella habla y habla, yo permanezco callada porque por primera vez las palabras son una letanía liberadora, parecen formar un conjuro redentor del que se eleven las cenizas que la abrasan. Espero con inquietud el resultado final, parece que esta vez no hay truco, aunque no la creo del todo, me pregunto si es ella la que no se cree.
Pienso en preguntarle si cree que él la quería pero me da miedo su respuesta.
Cuando sin tiempo a preguntarle pero antes de hacerlo, como si lo hubiera adivinado, exclama en un tono alto. Sí.
Sí, me quería.
Apenas recuerdo ya sus dedos recorriendo el borde de mi boca o el roce de su cara en mi pecho. No quiero que se me olviden. Déjalo ya, le digo por miedo al estallido que acabará llegando. Olvídalo ya, por favor, le ruego.
Yo permanezco muda, quiero que el exorcismo llegue a su fin, aunque lo temo. Sé que ella volverá a entrar en el bucle fatal del que le cuesta tanto salir o se marchará de viaje a buscarle en otros hombres, huirá hacia nuevos faros desde donde se divise algún torbellino en el agua que adivine debajo una enorme sombra que se aleja.
La miro, no digo nada y dejo que siga recordando como quien pretende protegerse del mundo con un simple encantamiento.
Había un dulce vértigo en sus manos que la culpa alimentaba. Competir contra Teresa, me revuelvo y ella me hace una seña para que continúe callada. Competir con tu madre me hacía triunfadora. La mía apenas se atrevía a enfrentarse con el recuerdo. Yo la quería, se acerca y pretende explicármelo con las manos muy abiertas, pero necesitaba que alguien me quisiera a mí. ¿Acaso no es eso lo que todos queremos? Mi madre, ni siquiera sabía si me quería, no estaba con nosotros aunque su cuerpo nos dijera que sí. Me ponía frente a ella y no me veía, sus ojos abiertos miraban otros mundos. ¿Por qué? sigo preguntándome, ¿qué buscaban sus ojos?
Ahora se sujeta la cabeza y apoya la frente sobre las rodillas, debe estar cansada, con ese cansancio que se lleva toda la vida en los ojos y en la boca. Ya no importa, no sé qué debía sentir, pero me gustaban sus caricias. Él se tumbaba, no, no me vuelvas la cara, me dice, y escucha, caía sobre mí su peso y yo callaba secretamente satisfecha. Por unos minutos había vencido a las otras mujeres, ocupaban un lugar inferior al mío.
Pero sabía que al instante quedaría vencido y derrotado, entonces salía de mi cuarto, muy despacio, sin hacer ruido, sin despedirse. Quizá mi cama era muy pequeña.
A la mañana siguiente comenzaba la huída del arrepentimiento, ese que yo no he tenido jamás. No lo haré. No me arrepiento.
No.
No.
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